El 25 de marzo, la Iglesia católica conmemora la Fiesta de la Anunciación, uno de los grandes acontecimientos espirituales que recuerda el anuncio del ángel Gabriel a la Virgen María de la concepción del Salvador. Nazaret, la ciudad santa que fue testigo de este acontecimiento único, es el centro de las celebraciones anuales que atraen a creyentes de todas partes.
Este año, nuestra familia monástica de Tierra Santa se unió a estas benditas celebraciones, ya que Su Beatitud el Cardenal Pierbattista Pizzaballa presidió la Divina Liturgia en la Basílica de la Anunciación, en presencia de obispos, sacerdotes y un gran número de fieles. En su homilía, Su Beatitud destacó el impacto eterno de la palabra «sí» pronunciada por María, señalando que fue la puerta por la que entró la salvación en el mundo. También nos exhortó a emular su fe y obediencia, especialmente en una época en la que abundan los conflictos, para que nuestra fe sea una luz que difunda el amor y la paz.
Tras la Misa, la procesión se dirigió al interior de la Basílica, a la abertura superior de la Casa de la Virgen, donde se leyeron los Evangelios de la Encarnación en varias lenguas, y se rezó el Ángelus mientras repicaban las campanas del mediodía. Al final de la ceremonia, el Cardenal concedió la bendición y la absolución plena a los presentes que cumplían las condiciones.
Los fieles salieron de la Basílica con el corazón lleno de alegría espiritual, subrayando que esta fiesta no es sólo un recuerdo, sino una renovación de la alianza con Dios, como hizo María. Al concluir las celebraciones, su mensaje intemporal de esperanza y confianza en la voluntad de Dios sigue inspirando a los fieles en todo tiempo y lugar.
Después de la Misa, fuimos a la casa de la Virgen María, donde la Virgen pronunció sus eternas palabras: «He aquí la esclava del Señor». Allí renovamos nuestros votos monásticos, jurando seguir sus huellas, repitiendo con ella: Aquí estamos, Señor, dispuestos a servirte, a la sombra de nuestra familia guiada por el Verbo hecho carne.
La jornada terminó con un almuerzo fraternal en honor de las bodas de plata de Sor Alma de Cristo, en el que dimos gracias a Dios por sus innumerables bendiciones y le pedimos que conceda a nuestra familia religiosa unidad y fuerza duraderas.
En este espíritu, acogemos cada año la fiesta de la Anunciación, no como un recuerdo del pasado, sino como una invitación permanente a decir «sí» a Dios, como hizo María, y a ser instrumentos para cumplir su voluntad en el mundo.